JOSUEL DOS SANTOS BOAVENTURA

CULTURA Y EXPERIECIA RELIGIOSA: LA RELIGIÓN ES EL “ALMA DE LA CULTURA”


* Indication of books about this matter for personal deepening:

. CONCÍLIO ECUMÊNICO VATICANO II, 1962-1965, Cidade do Vaticano. Gaudium et Spes. In: VIER, Frederico (Coord. Geral). Compêndio do Concílio Vaticano II. 22. ed. Petrópolis: Vozes, 1991, p. 141-256.

. DURKHEIM, Émile. As formas elementares da vida religiosa. 2. ed. São Paulo: Paulus, 1989.

. GONZALEZ, Carlos Ignázio. Ele é a nossa salvação. São Paulo: Loyola, 1992.

. IMBAMBA, José Manuel. Uma nova cultura para mulheres e homens novos. Luanda: Paulinas, 2003.

. LANGA, Adriano. A oração cristã e exigências da inculturação. Maputo: Ed Paulistas, 1993.

. NUNES, José. Didaskalia. Dezembro 2008, p. 3. Disponível em:

http://www.snpcultura.org/pcm_a_permanente_relevancia_do_cristianismo_para_a_cultura.html. Acesso em: 03 de abril de 2012.

. RÉVILLE, A. Prolégomènes à histoire des religions.

. SCHREITER, Robert J. A nova catolicidade: a teologia entre o global e o local. São Paulo: Loyola, 1998.

. SUSIN, Luiz Carlos. Os salmos na vida cristã. Porto Alegre: ESTEF São Lourenço de Brindes, 1976.

. TILLICH, Paul. Symbol und Wirklichkeit. Goettingen: Vandenhoeck & Ruprecht, 1966.

. TILLICH, Paul. Théologie de la culture. Paris: Ed. Planète, Paris 1968.

. ___________. Teologia da cultura. São Paulo: Fonte Editorial, 2009.

. ZILLES, Urbano. Significação dos símbolos cristãos. 6. ed. Porto Alegre: EDIPUCRS, 2006.


La cultura es reveladora de la identidad del ser humano. Se trata de una característica que es realmente fundamental. Es inconcebible el ser humano fuera de la cultura, pues esta es un modo específico de ser del hombre y de la mujer. La cultura está entrañada en su ser. Son características fuertes de la cultura: “la comunión, la unidad, la diversidad, la intersubjetividad y el carácter social de la existencia humana” (IMBAMBA, José Manuel, op. Cit, p 27s). De forma más concreta, ella puede ser definida como “la manera de pensar, la mentalidad de un grupo humano, y que explica las formas de proceder (modo de vida) de ese grupo” (LANGA, A. Op. cit, p 78). Es allí donde se comprende la riqueza de la diversidad cultural y cuánto se gana cuando esa diversidad es valorada y promovida.

Más allá de la identidad y la mentalidad, la cultura tiene mucho que ver con la tarea, misión, responsabilidad, perpetuidad. El ser humano cuando crea, revela su interior creativo, y al mismo tiempo brinda también una contribución, como legado, para las generaciones futuras (cf. GS34). Entendemos esta riqueza interior creativa e inagotable en relación al propio Creador, que dotó al ser humano de las facultades necesarias para tal fin. En este sentido, él es cultura y hace cultura. Según J. M. Imbamba, la cultura no es obra de Dios ni de la naturaleza, mucho menos de la casualidad; es obra del ser humano; es fruto de su ingenio, de su fantasía y creatividad, de su inteligencia y voluntad; es todo aquello que el ser humano creo gracias a las facultades privilegiadas que posee (cf. IMBAMBA, J. M. Op cit p 32). Esto de ninguna manera nos debe llevar a “pensar que las obras del ingenio y poder humano se oponen al poder de Dios, o de considerar a la criatura racional como rival del Creador” (GS 34). Por lo tanto,

“Al afirmar que el ser humano es el creador de la cultura, no pretendemos decir que la crea de la nada (actividad exclusiva de Dios, por eso es el Ser Supremo), pues, en este caso el ser humano no pasa de una “causa instrumental libre” con el mandato divino de dominar y administrar las cosas de este mundo. Es porque la cultura es la respuesta del ser humano al querer (providencial) divino, es porque, más allá de humanizar al ser humano, a través de la cultura, deba también glorificar a su creador” (IMBAMBA, J. M. Op. cit, p 33).

Es, por lo tanto, voluntad divina que el ser humano sea creativo culturalmente y es así que él se define en medio de los demás seres creados. Pero según J.M. Imbamba, el proceso no es automático, sino que, para que el ser humano pueda producir cultura, requiere que exista un aprendizaje, una educación, en fin, un empeño constante. Y aun así será pasible de contradicciones a causa de las limitaciones propias del ser hombre y mujer (cf. IMBAMBA, J. M. Op. cit, p 33). Esto no impide el caminar insistente y perseverante, en vista de la prolongación y perfeccionamiento de la obra de su Creador (cf. GS 34).

Aunque el ser humano sea capaz de crear, nada sería posible si una fuerza mayor no lo impulsa para eso. Él va, entonces, tomando conciencia de que hay una fuerza omnipotente que la vuelve creativo, y, al mismo tiempo, lo supera (cf. DURKHEIM, E. Op. cit., p. 55). Para llegar a esta conciencia, las religiones han ejercido un papel fundamental. Ellas buscan responder a las cuestiones más profundas del ser humano en su aspiración por el infinito, poniéndolo en comunión con aquel que él concibe como su Creador y hermanándolo con los demás. Por eso algunos autores sostienen que “la religión es el alma de la cultura”. El autor Paul Tillich utiliza una expresión correspondiente al afirmar que “la religión es la sustancia que da sentido a la cultura” (TILLICH, Paul Op. cit., p. 83). Con esta verdad concuerda J. Nunes, al recordar situaciones que refuerzan todavía más la comprensión de la religión como el alma de la cultura. Según él, la religión

“(…) casi siempre fue el factor de cohesión social (visible en manifestaciones públicas o fiestas comunitarias, por ejemplo, las de la religiosidad popular en nuestro país), fue matriz de la mayor parte de los elementos culturales (en el caso del cristianismo, véase como enseñó a escribir, a pensar, a expresarse estética y arquitectónicamente), fue hasta en alguno casos, factor de desarrollo científico (…), es capaz de ofrecer un sentido y una “sanción” al esfuerzo humano (notemos que el cristianismo, como las demás religiones, transportan consigo una ética y una respuesta a las ansias de salvación, permitiendo inclusive integrar las experiencias de fracaso y de límites propias de la experiencia humana). La religión, finalmente, y en última instancia, ofrece una pauta de humanización a la cultura, a toda y cualquier cultura” (NUNES, J. Op. cit., p 3).

Eso nos hace entender que todo grupo cultural tiene su experiencia religiosa, que garantiza la cohesión del grupo, motivando una manera de ser, de pensar y de actuar. Sobre esta importante situación de la religión en el seno de la cultura, también se expresa E. Durkheim:

“Los individuos que la componen se sienten ligados unos a los otros por el simple hecho de tener una fe común. Una sociedad cuyas miembros están unidos por el hecho de concebir, de la misma manera, el mundo sagrado y sus relaciones con el mundo profano, y de traducir esta concepción común en prácticas idénticas”. (DURKHEIM, E. Op. cit., p. 75).

Son estas prácticas las que rescatan el sentido de lo sagrado del mundo. Esta sacralización sucede en medio de las celebraciones, en las que el ser humano busca la comunión con la divinidad, visualizando su presencia. Los símbolos en este sentido, representativos o culturales ejercen un papel fundamental, siendo el elemento central de las diversas concepciones de salvación (cf. GONZALEZ, C. I. Op. cit., p35). Ellos son parte de la riqueza interior del ser humano, que es comunicada como expresión y producción cultural. El símbolo no vale por lo que es en sí, sino por lo que significa. Siendo así, un abrazo, un gesto, un movimiento o una acción, traen un significado que los ultrapasa en cuanto situaciones visibles.

Cuando nos referimos a los símbolos religiosos, esa verdad parece todavía más notable. Sobre Esto, el autor U. Ziles, citando a P. Tillich, afirma que el sentido de los símbolos religiosos “consiste en ser el lenguaje de la religión, el único lenguaje a través del cual la religión se puede expresar de manera inmediata” (TILLICH, P. Apud. ZILLES, U. Op. cit., p. 11). Por lo tanto los símbolos varían mucho de una cultura a la otra, de una religión a la otra. Símbolo que en una religión o cultura está lleno de significado, para otra no tiene ningún significado. Según L. C. Susin, “los símbolos poseen una nota común, pero obtienen direcciones polivalentes. Para saber la fuerza del símbolo y su dirección, es necesario saber qué experiencia se tiene de este símbolo dentro de esa cultura” (SUSIN, L. C. Op. cit., p. 18).

La religión no se opone a la cultura, al contrario, es fuente de su vitalidad y de su ser sagrado. Es en la utilización de los símbolos que la religión permite al ser humano ver más allá del culto. Por eso se dice que el símbolo tiene algo de misterioso y encantador. Se nos volvemos a la Sagrada Escritura, vemos la creación como símbolo particular de la bondad, generosidad y grandeza de su Creador. Se volvemos a las culturas afro-brasileñas, descubrimos cuánto está arraigada la experiencia religiosa en todo lo que hacen y cómo esta experiencia se vuelve un factor de identidad y supervivencia.


Título original: CULTURA E EXPERIÊNCIA RELIGIOSA: A RELIGIÃO É A “ALMA DA CULTURA” (Ndega.blogspot.com)

Autor: Josuel dos Santos Boaventura PSDP

Revisión teológica: Dr. Fr. Luis Carlos Susin.

Traducción: Nómade de Dios.